Quien cruce estos días la comarca de los Monegros o la vega del Cinca verá maizales a un lado y otro de la carretera: una de las zonas de mayor producción de Europa.

Ninguna de esas plantas es de aquí. El maíz llegó a la península hace cinco siglos y tardó trescientos años en tomarse en serio: en 1782 apenas suponía el 1 % del cereal aragonés. Procede de una hierba silvestre mexicana que no se le parece en nada.
Precisamente por eso —por ser una de las zonas que más produce— Torres de Alcanadre acogió el 16 de septiembre el fórum técnico con el que Pioneer repasó, con motivo de su centenario, todo ese recorrido: de la hierba silvestre mexicana a los maizales que hoy bordean la carretera.
Una planta que no se parece a su antepasado
El maíz se cultiva hoy en todos los continentes salvo la Antártida, pero todo empezó en un punto muy concreto: el valle del río Balsas, en el actual México, donde crece el teosinte. La hipótesis, atribuida a George Beadle, es hoy la más aceptada por la comunidad científica, y descansa sobre dos patas. Por un lado las evidencias moleculares: los cromosomas de ambas plantas son muy similares, pueden polinizarse de forma cruzada y dar semilla fértil, y lo que las separa son unos pocos genes. Por otro, las arqueológicas: en las mazorcas halladas en cuevas, las más antiguas se parecen al teosinte y las más recientes, al maíz que conocemos.

Esa cercanía genética resulta llamativa porque el parecido físico no existe. Otros cultivos conservan un aire de familia con su ancestro silvestre —el trigo, la manzana—, pero el maíz no se parece en nada al suyo. Lo que hicieron aquellos primeros agricultores, a lo largo de milenios, fue ir quedándose con las plantas menos ramificadas, de grano con menos cubierta y, sobre todo, sin dehiscencia: las que no soltaban el grano al madurar. De ahí salieron el tallo único, la mazorca compacta y un grano que espera en la planta a que vengan a buscarlo.
Cuando comer maíz enfermaba
A Europa llegó en 1493, en el segundo viaje de Colón, y entró por el norte peninsular. Tiene su lógica: una planta tropical tenía más posibilidades donde el agua estuviera asegurada, de ahí que la introducción se sitúe en la zona de Asturias. Durante los siglos XVI y XVII se fue extendiendo de la mano de los mercaderes, pero más como curiosidad botánica que como cultivo serio.
El cambio de percepción llegó en el XVIII, y fue una cuestión aritmética. Una planta de trigo o de centeno devuelve seis o siete granos por cada semilla sembrada; una de maíz puede dar hasta ochenta. Con esos números, el cultivo empezó a interesar. Aun así tardó en cuajar: en 1782, apenas el 1 % del cereal sembrado en Aragón era maíz.
La expansión trajo consigo un problema que tardó en entenderse. Entre los siglos XVIII y XIX el maíz se convirtió en la base de la alimentación de las poblaciones europeas más pobres, y resulta que su vitamina B3 no está disponible en la forma en que el grano llega al plato. El resultado fue la pelagra —mal de la rosa, lepra asturiana—, que se cebó con quienes no tenían otra cosa que comer. Al otro lado del Atlántico, los pueblos indígenas llevaban siglos alimentándose de maíz sin enfermar, porque cocían el grano en agua con cal antes de consumirlo. Esa operación, la nixtamalización, libera la niacina. Nadie la trajo en los barcos.
Un cruce que nadie buscaba
En Norteamérica, mientras tanto, la selección de los pueblos nativos había dado dos tipos de maíz bien diferenciados: los northern flints, vítreos y de ciclo corto, y los southern dents, dentados y de ciclo largo. A mediados del siglo XIX, unos agricultores del medio oeste que sembraban el primero se quedaron sin semilla suficiente y trajeron material del sur. Lo sembraron en fechas distintas para que las floraciones coincidieran, y de ahí salió un cruce intermedio: grano amarillo, dentado, mazorca cilíndrico-cónica. Es decir, lo que hoy cualquiera reconocería como una mazorca de maíz normal y corriente.
Aquello ocurrió en torno a 1847 y de forma completamente accidental. La variedad tomó el apellido de sus responsables, Robert y James Reid, recibió un premio en la Exposición Mundial de 1893 y llegó a cubrir, ella o sus derivados, el 75 % de la superficie sembrada en Estados Unidos hasta 1920. Y aquí conviene detenerse en un matiz que lo cambia todo: el Reid’s Yellow Dent no era un híbrido, sino una variedad de polinización abierta. El agricultor cogía sus mejores mazorcas, las desgranaba y sembraba ese mismo grano al año siguiente. La semilla no se compraba.
La mazorca más bonita
Con ese paisaje se entiende una costumbre que hoy resulta pintoresca. A principios del siglo XX se pusieron de moda en Estados Unidos los corn shows, concursos en los que los agricultores presentaban sus mazorcas y un jurado las puntuaba por tamaño, uniformidad y buena presencia. Se repartían trofeos de los de lucir en casa, y ganar uno daba prestigio en la comarca. La lógica parecía evidente: la mazorca más hermosa era la mejor, y su grano, el que había que sembrar.
A uno de aquellos concursos fue un chaval llamado Henry A. Wallace, y salió con una duda. ¿De verdad la mazorca más vistosa era la más productiva? Se llevó a casa las premiadas y también las últimas clasificadas, las sembró todas en un campo de su padre y esperó a la cosecha. El resultado desmontaba el concurso entero: varias de las peor valoradas produjeron más que las ganadoras. La apariencia no decía nada del potencial; lo decía la genética.
Ese fue el punto de inflexión. Por esos mismos años se publicaron en Nueva York y Connecticut los trabajos sobre el vigor híbrido, la heterosis: cruzar dos líneas puras, una haciendo de macho y otra de hembra, daba una descendencia más vigorosa, más uniforme y más productiva que cualquiera de sus progenitores. Era un hallazgo científico sin aplicación comercial, y Wallace —que para entonces ya había pasado por la universidad— fue quien se la dio. Arrancó un programa de maíz híbrido con 16 hectáreas y obtuvo Copper Cross, el primer híbrido que ganó el concurso de producciones de Iowa, en 1924, con 2,8 t/ha. Dos años después, en abril de 1926, fundó Hi-Bred Corn Company, la primera empresa del mundo dedicada en exclusiva a desarrollar, producir y vender semilla híbrida de maíz. Ese primer año colocó 16,5 toneladas de semilla.
El negocio tenía futuro y eso lo vio más gente. Detrás de Hi-Bred fueron apareciendo otras casas dispuestas a vender híbridos, y la empresa buscó la manera de distinguirse de quienes llegaban después: en 1935 se rebautizó como Pioneer Hi-Bred Corn Company. De ahí viene el nombre (pionero en castellano) con el que se la conoce todavía hoy, y de ahí también el argumento que la compañía sigue esgrimiendo un siglo después: haber sido la primera.
¿Por qué comprar cada año lo que antes salía gratis?
El invento no triunfó de la noche a la mañana, y conviene ponerse en la piel del agricultor de la época: llevaba toda la vida guardando su propia semilla y de pronto venía un señor a decirle que tenía que comprarla, y además todos los años. La reacción fue de rechazo.
Lo que cambió las cosas no fue un argumento comercial, sino una catástrofe. Entre 1934 y 1940, la sequía del Dust Bowl arrasó el cereal americano, y las pocas parcelas sembradas con híbridos aguantaron mucho mejor que las de variedades de polinización abierta. Los agricultores ataron cabos: la semilla era más cara y había que comprarla cada campaña, pero era bastante más segura. La adopción se disparó —la mitad de la superficie a mediados de los cuarenta, la totalidad en los sesenta— y con ella la producción. En 1941, el híbrido doble Pioneer 307 ganaba el concurso estadounidense con 10 t/ha; estuvo 27 años a la venta.
Las cifras lo cuentan solas. En 1926, cuando se funda la empresa, el rendimiento medio del maíz en Estados Unidos era de 1,6 t/ha. En 2021 fue de 11,2, y para 2025 se estiman 11,6. La serie va plana durante setenta años y se dispara exactamente cuando el grano resembrado deja paso al híbrido comprado.
El catálogo que se partió en dos
A España todo esto llegó con décadas de retraso. Los primeros híbridos empiezan a entrar en los años setenta, cuando al otro lado del Atlántico hacía ya diez años que habían barrido a las variedades tradicionales. Hasta 1981 la marca solo se distribuía aquí a través de CUSESA; ese año se constituye Semillas Pioneer, con sede, oficinas centrales y planta de envasado en La Rinconada (Sevilla), y llega el P3183. La década de los ochenta trae los híbridos que se quedaron en la memoria de muchas comarcas: Juanita, Costanza, Randa, Florencia, Eva.
El salto grande es de 1993, con el 3394, comercializado como Cecilia, que se vendió en Estados Unidos, Sudamérica, Europa y hasta Nueva Zelanda. Sus ventas llegaron a equivaler, por sí solas, a las de la segunda empresa de semilla de maíz del mercado. Fue también el último catálogo verdaderamente común a ambos lados del océano: el bloqueo europeo a la biotecnología, ya en la década siguiente, obligó a montar programas de mejora separados. «El Cecilia lo sembraba un señor de Kansas y lo sembraba un señor de Huesca», resume Francesc Tribó, jefe de producto de maíz de Pioneer. «Ahora mismo el señor de Kansas siembra cosas que no tienen absolutamente nada que ver con lo que puede sembrar un señor de Huesca».

Huesca por delante de Iowa
Un siglo de mejora ha dejado a España en la élite productiva del cultivo, por delante del país que marcó la referencia durante décadas. «Mucha gente tiene la idea equivocada de que el país récord de producciones es Estados Unidos», señala Tribó. Las series de Our World in Data sitúan a España en el entorno de las 12 t/ha en las últimas campañas, por encima de la media estadounidense y muy lejos de las de la Unión Europea, China o Brasil.
A escala local el patrón se repite. La serie del Anuario de Estadística Agraria para la provincia de Huesca dibuja el mismo despegue coincidiendo con la llegada de los híbridos, y hoy la media provincial ronda las 12,5 t/ha, con explotaciones que se van a 15 o 16 y ensayos por encima de 18. En zonas como León, las 20 t/ha han dejado de ser una rareza incluso en campos comerciales.
Un siglo después de que el nombre de la empresa señalara quién había llegado primero al híbrido, Tribó reivindica la misma etiqueta para lo que viene después de la semilla: «Hoy en día continuamos siendo pioneros (…) no es solamente aportar un producto al cliente, sino dar un servicio asociado al producto», en alusión a la red de asesores agronómicos que se puso en marcha a comienzos de este siglo.
El mérito de las cifras, en todo caso, no lo reclama entero. «Ellos son los que son capaces de sacarle el máximo a la genética que les estamos proporcionando», apunta sobre los agricultores de la zona. «Cuando celebramos los 100 años de la empresa, no solamente los celebramos solos, los celebramos con ellos, porque ellos deberían sentirse partícipes de los éxitos».






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