Tras repasar en la primera parte cómo la viabilidad económica y la transferencia tecnológica marcan las prioridades del campo, en esta segunda entrega entrevistamos a Manuel Laínez, director de Innovación y de la Fundación Grupo Cajamar, para aterrizar qué está cambiando de verdad con la digitalización.
¿En qué punto está el sector en cuanto a digitalización y qué está cambiando de verdad?
La automatización y el uso de sensores para captar información y apoyar la toma de decisiones no es algo nuevo, ocurre en agricultura, ganadería e industria desde hace tiempo.
Lo que sí está cambiando es la conciencia sobre el valor del dato. Cada vez se entiende más que los datos no solo sirven para decidir hoy, sino que son un activo que puede aportar valor a medio y largo plazo. En el Observatorio de la Digitalización Agroalimentaria, que hacemos con el MAPA, se percibe esa preocupación en todos los eslabones de la cadena: conservar datos y saber para qué.

¿Para qué? Porque están llegando herramientas, especialmente la inteligencia artificial, que permiten combinar datos propios con información meteorológica, de mercados y otras fuentes. Ya estamos viendo empresas que utilizan inteligencia artificial generativa para integrar información y acelerar análisis. Eso puede traducirse en mejoras de eficiencia en el proceso productivo, en el uso de insumos, y también en capacidad de adaptación a normativas y a exigencias del consumidor, o para simular las características de los productos finales, especialmente en contextos de exportación.
Antes, esa combinación de información requería un trabajo muy especializado y lento. Ahora el sector percibe que la digitalización y la inteligencia artificial pueden ayudar a disponer de información relevante de forma mucho más rápida. Y eso ya está ocurriendo.
Aunque vuestro foco esté en producción vegetal, en ganadería, ¿qué estáis haciendo desde la Fundación y qué tecnologías estáis acercando al sector?
En ganadería, nuestro trabajo se centra sobre todo en transferencia y difusión de conocimiento. Por ejemplo, hemos publicado un curso online de bioseguridad, en un contexto en el que las enfermedades que han ido apareciendo obligan a mantener niveles altos de prevención y de buenas prácticas, para evitar la entrada de los virus dentro de las granjas.
Además, organizamos jornadas para acercar tecnologías que ya están disponibles y que ayudan a resolver problemas muy concretos, como el manejo y la mano de obra. Por ejemplo, en rumiante de carne vamos a mostrar herramientas para manejar rebaños a distancia con collares y GPS, soluciones para prever comportamientos, y herramientas para anticipar parámetros ligados a la calidad cuando se sacrifique el animal. También tecnologías de visión artificial y cámaras para evaluar bienestar animal y comportamiento en cebaderos de terneros.
En porcino hemos hecho jornadas similares, y las vamos a repetir en los próximos meses. La idea es identificar qué empresas están aportando valor y acercar esas soluciones a los productores y a los técnicos para que puedan adoptarse de forma eficiente.
¿Qué palancas ayudan a incorporar jóvenes y qué está funcionando?
Hay dificultades para la incorporación de jóvenes, pero vemos incorporaciones cuando se percibe rentabilidad y futuro. Para nosotros, la base está en facilitar tecnologías, modelos y conocimiento que ayuden a rentabilizar. Y no es solo tecnología, también influyen mercados, vías de diferenciación y posicionamiento.
En esa línea trabajamos con formación específica, especialmente en herramientas digitales, y también en liderazgo. Y lo que observamos es que estas iniciativas ayudan a que quienes participan encuentren formas de acceder al mercado de otra manera o de diferenciarse, lo que abre camino para mejorar competitividad y rentabilidad.
¿Cómo imaginas el campo en los próximos 10 años?
Creo que veremos explotaciones más grandes, más profesionalizadas, y con mucha más incorporación de herramientas digitales para mejorar eficiencia y control de la actividad. En parte, también para sustituir trabajos que hoy son muy manuales, especialmente en un contexto donde la mano de obra es un reto.
Me imagino profesionales muy especializados: agricultores y ganaderos con habilidades de oficio, pero también con capacidad de manejar equipos tecnificados y de seguir de cerca tanto lo que ocurre en el mercado como lo que
ocurre en su propia explotación. Ese proceso ya se está viendo, y se aprecia especialmente en quienes dan el paso hacia una gestión más empresarial.
España tiene sectores agrarios muy competitivos en el escenario internacional, y en algunos somos pioneros en incorporación de tecnología. En ganadería ocurre algo parecido en determinadas actividades. Pero también hay sectores que avanzan más lento. Por ejemplo, en producciones extensivas todavía no vemos de forma generalizada equipos robóticos realizando tareas en campo, aunque eso llegará con el tiempo.
En sistemas intensivos, como el invernadero, ya existen modelos que controlan prácticamente todo: riego, fertilización y condiciones ambientales. Y, en conjunto, el ritmo dependerá del sector y de su competitividad, y de algo que es muy real: dentro de un mismo sector conviven explotaciones pioneras con otras que no avanzan al mismo ritmo.




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