1/6/2005

Mitos y datos: el debate de las cosechas transgénicas y medio ambiente

Dra. Carmen Fenoll. Vicerrectora. Vicerrectorado de Convergencia Europea y Ordenación Académica. Facultad de Ciencias del Medio Ambiente. Universidad de Castilla-La Mancha

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31 de mayo de 2005. Las demandas energéticas y de alimentos de una población creciente y con una renta per cápita global cada vez mayor son los principales motores ocultos de los problemas ambientales que sufrimos, siendo la agricultura probablemente la actividad humana más agresiva para el medio ambiente.

 

Hablar de agricultura sostenible, pues, es un ejercicio inevitable de responsabilidad. Y en este ejercicio se compone una ecuación con muchos factores que, integrados, han de aumentar la productividad global a la vez que disminuyen la superficie total cultivada y el agua empleada, han de reducir la fabricación y aplicación de agroquímicos y han de contribuir a la limitación del uso de materias primas y energías no renovables. Uno de los muchos factores de esta ecuación es el desarrollo de cosechas transgénicas.

 

¿Qué datos tenemos?

 

Uno de los mayores miedos acerca de las cosechas OMG es la posibilidad de crear “superplantas” que invadan descontroladamente el medio natural. Aunque los agrónomos y otros científicos siempre han insistido en que las variedades vegetales “domesticadas” requieren, como las mascotas, el cuidado del hombre para sobrevivir, un estudio realizado expresamente para evaluar esta posibilidad ha confirmado estas afirmaciones (Crawley et al, 2001, Nature 409:682). Los investigadores plantaron variedades transgénicas y convencionales de 4 especies vegetales en 12 hábitats diferentes y siguieron su evolución a lo largo de 10 años. Todas las variedades menos una habían desaparecido de modo natural de estos hábitats en 3 años; la que permaneció fue una variedad de patata no transgénica. Este estudio tiene particular importancia porque las variedades eran resistentes a herbicidas o a insectos, lo que podría hacer pensar en ventajas competitivas de las mismas frente a especies autóctonas que no las poseyesen.

 

Otra preocupación es la contaminación genética de especies o variedades autóctonas con el polen de cosechas transgénicas. Este es un riesgo cierto, ya que el polen de

algunas especies puede viajar distancias considerables y polinizar individuos muy alejados del origen. El principio de precaución aconseja, para estas especies, normativas y prácticas agrícolas específicas que limiten la probabilidad de contaminación genética. Sin embargo, algunos estudios científicos que han afirmado la existencia de tal contaminación en variedades autóctonas de maíz en Méjico se han refutado por científicos independientes y por reconocidas organizaciones internacionales (http://www.cimmyt.cgiar.org/).

 

Los posibles efectos indeseables de las cosechas transgénicas sobre la biodiversidad natural también han recibido merecida atención. En concreto, las variedades resistentes a herbicidas se han considerado desde algunos ámbitos como una amenaza seria para el mantenimiento de las “malas hierbas” naturales y los animales que de ellas se alimentan y que coexisten con los cultivos. En marzo de 2005 se publicaron los resultados de un macroestudio encargado por el Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales del Reino Unido (DEFRA) para dar respuesta a esta preocupación (www.defra.gov.uk/environment/acre). Este trabajo, que se ha realizado en una escala real de explotación agrícola y que es la investigación de mayor calibre realizada hasta la fecha sobre el impacto ambiental de las cosechas transgénicas, demuestra que las diferencias observadas entre variedades no guardan relación alguna con el hecho de que fuesen transgénicas o convencionales, sino con el régimen de aplicación de herbicidas que los agricultores eligen. De hecho, algunas variedades transgénicas que permiten una mejor dosificación de los herbicidas mantienen una mayor diversidad de plantas y animales que sus equivalentes no transgénicas, mientras que en otros casos la situación se invierte.

 

La decisión informada

Como con cualquier nueva tecnología, la ponderación de riesgos y de beneficios es lo que finalmente determina la decisión política de su implantación. Aunque los ciudadanos europeos no ponemos este tema entre nuestras principales preocupaciones sobre el medio ambiente, sí lo consideramos uno de los aspectos sobre los que tenemos menos información y, por lo tanto, una opinión menos educada.

 

En los EEUU, la plantación de cosechas transgénicas supuso en 2001 la producción de 1,8 millones de toneladas más de comida/fibra que la misma superficie de cultivos convencionales, un aumento en ganancias para los agricultores de 1.500 millones de dólares y el ahorro de 22,3 millones de Kg. de agroquímicos (www.ncfap.org/40CaseStudies.htm). Si en la Unión Europea el 50% de la superficie de maíz, colza, remolacha y algodón lo hubiera sido con variedades transgénicas, se habría evitado la aplicación de 14,5 millones de Kg. de insecticidas y herbicidas, se habrían ahorrado 20,5 millones de litros de gasóleo y se habrían reducido las emisiones de CO2 en 73 millones de Kg.

 

Los ciudadanos de los países desarrollados, informados adecuadamente de los riesgos y los beneficios que aporta la biotecnología al medio ambiente, tenemos la obligación moral de responder a la siguiente pregunta: si, tomando las precauciones necesarias, podemos contribuir a un desarrollo sostenible y más justo a través de la agrobiotecnología, ¿queremos renunciar a él?

 


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