19/6/2017

El brillo de la agricultura del PIB

Xabier Iraola Agirrezabala

Leo que las autoridades europeas tras un ataque, por tierra, mar y aire, orquestado y protagonizado armónicamente por instituciones y agentes agrarios españoles están dispuestas a modificar su definición de pastos para posibilitar la inclusión de la dehesa y del monte mediterráneo.

Cuentan, los que pasillean por el Parlamento Europeo y de la Comisión Europea, que la aprobación del dictamen sobre el llamado Reglamento Ómnibus sobre la Revisión del actual Marco Financiero Plurianual que afecta a numerosos reglamentos comunitarios, entre ellos los reglamentos relativos a la PAC, supone un paso importante para lograr mejoras en el actual marco regulatorio de la PAC, sin tener que esperar a una reforma de la PAC, que se anuncia para más adelante. Una de estas mejoras necesarias era la inclusión de la dehesa y el monte mediterráneo en la denominación de superficies de pasto permanente. Con esta decisión el ecosistema productivo ganadero del sur de la piel de toro dejará de verse seriamente penalizado por no adaptarse plenamente a la actual definición reglamentaria ya que no es ni superficie predominantemente de gramíneas, ni de forrajes herbáceos.

Pues bien, ya perdonarán mi escepticismo, personal e intransferible, ante semejante cambio de criterio de nuestros mandamases europeos puesto que si tenemos en cuenta que esas mismas autoridades revisan con lupa, mediante satélites que sobrevuelan nuestras cabezas, cualquier mota de sombra que producen los árboles en las ortofotos o te descuentan como superficie de pasto, incluso los pocos metros cuadrados que ocupan las bolas de silo en el borde de la finca. Por todo ello, convendrán conmigo que es difícil pensar que los mismos que nos racanean unos pocos metros por unas bolas aquí y otras sombrás más allá, puedan, sin más, aceptar miles de hectáreas que supondrán la aprobación de dicho criterio.

Idéntico escepticismo se apodera de mis adentros al escuchar el glorioso discurso institucional, liderado por la ministra Isabel García Tejerina quien sacando pecho frente al resto del consejo de ministros y muy especialmente, frente a los adversarios políticos, va como una gallina clueca chuleando con los pomposos datos que ofrecen las estadísticas de exportaciones agroalimentarias. Según el último informe anual emitido por el propio ministerio (correspondiente al año 2015) y que yo haya podido leer, se constata el aumento de los valores exportados por el sector agroalimentario y pesquero, que alcanzaron el pasado año los 44.065 millones de euros (un 7,5% más que el año anterior y logrando ser el 17,6% del conjunto de todas las exportaciones totales, incluso, por encima del automóvil) con lo que en el contexto comunitario, somos los cuartos sólo por detrás de Países Bajos, Alemania y Francia y con los productos frescos, como estandarte, con un aumento interanual del 14%, aumentando la diversificación de destinos y siendo los cítricos, la carne de porcino, el vino, el aceite de oliva y las demás hortalizas y entre los más importados el maíz, las habas de soja, los crustáceos y los moluscos, los productos más exportados.

No es que uno quiera ser aguafiestas ni pesimista recalcitrante pero siendo realista me apena ver que el triunfalismo de los números globales, los números gordos de los informes estadísticos, no cuadran con los números concretos, detallistas y flacos, los números a nivel de explotación agraria, los números a ras de tierra, donde los boyantes números estadísticos esconden, ocultan o tergiversan la realidad del sector productor, bien sea en cítricos (Valencia, por ejemplo, con el mayor número de hectáreas abandonadas), en hortalizas (con toneladas de productos sin recoger o tiradas por falta de rentabilidad) o en leche de vaca con unos precios ínfimos y con los más jóvenes en estampida.

Quizás los números sirvan a alguien para sacar pecho ante sus compañeros de pupitre, quizás nos impidan ver con nitidez que el beneficio generado se lo reparten los eslabones de la transformación, comercialización y distribución, quizás cada vez tienen más peso los números de la agricultura “sin agricultores pero con empleados de la industria” o lo que yo vengo en llamar, la agricultura del PIB.

Puede ser y así será. Ahora bien, por mucho que se alegre Isabel, a mí, el brillo de esos números dorados ni me ciegan ni me consuelan. A mí, lo que verdaderamente me consuela y satisface, es ver a los productores con una sonrisa de oreja a oreja.


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